miércoles, 30 de julio de 2008

Relato sociopsicológico - ficticio a raíz del anuncio de Ausonia

"¿Pero cómo no me voy a reír?" Filete, el adolescente atento y despectivo que mira atónito a la madre, finge dudar de su inteligencia o juicio. Decide intentar humillar un poco más a la que, en teoría, debería velar por sus intereses hasta que alcance su mayoría de edad. Pronuncia la sentencia : "¡Es una fiesta!. La frase, aun expedida sin esputos, logra su percepción por parte del espectador, que apela a su conciencia. El carácter sagrado de ésta, apenas perceptible, permite a uno de los responsables de la campaña decir : "Sí, una imperfección; algún defecto en el habla; ella, por el contrario, locuaz, siempre pertinente; una madre sabia y afectiva. Que se note su lado femenino, que nada quede oculto" La seguridad mostrada por la figura femenina del anuncio está clara pero la naturaleza indecisa del muchacho, esa aversión al riesgo, al fracaso; el temor por ser rechazado nos conmueve. En el largo camino que debe afrontar, los escollos se suceden uno tras otro y cada prueba, obstáculo, peldaño, barrera, etc. sorteada supone un pequeño bonus en la autoestima de un chaval que, probablemente, termine como futuro directivo de alguna multinacional del sector terciario. Hasta aquí el contenido básico del anuncio; joven inseguro se enfrenta a mujer triunfante; seca y segura. Gana la experiencia.

Descorchado el champán, el joven , que no posee un medio de locomoción propio aparte de sus piernas, cuya utilidad se ve minada por la posible reprimenda por parte de la autoridad más próxima - es decir, su madre - se enfrenta a la fiesta de la única manera posible para un joven de su edad - intuyo una franja entre los 14 y los 16 años, algo en absoluto casual -.

Pequeña acotación a modo de reflexión: "¿Qué joven dentro esa franja permitiría que su madre lo llevara en coche hasta un lugar cercano a la celebración de la fiesta, posiblemente en la cercanías de la puerta del local o casa donde se vaya celebrar, viéndose obligado a ser recogido posteriormente por una madre sobre-protectora y pesada que lo único que pretende es que Querubín no cometa errores en su iniciación sexual? Podemos imaginar la conversación previa, en casa : "No, te llevo yo y no hay más que hablar" "Jo, Mamá, ¿Por qué no puedo ir con Fulanito y Menganito en Metro? A ellos les dejan" "Tú eres mi hijo y me da igual lo que otros permitan hacer a los suyos. Además, me quedo más tranquila" Chantaje a escena. Razonamiento inductivo: mi madre se preocupa por mí, hasta incluso cuando no estoy. Mi madre siempre estará disponible para mí; en parte, soy el dueño de de mi madre; para ella es mejor; ella es mujer" El hijo, finalmente, tras la pelotera, accede de forma casi inconsciente. Las mujeres ganan la batalla. ¡Yuju!

El camino hasta la casa va acompañado de un silencio tenso; la diferencia de edad y sus consecuencias pueden olerse a través de las pequeñas rendijas del coche. La noche es tranquila y una bonita luna llena - habría sido un detalle poner un plano en el anuncio - decora la estampa. Confrontados, pero felices. ¡Es natural! Madre e hijo se despiden. Filete no puede evitar girar la cabeza hacia su madre, que dentro del coche espera a ver cómo su hijo se adentra en el portal. Ella saluda y se despide sin pudor, todo ternura; él, ligeramente turbado por su negación, aunque satisfecho, esgrime un gesto con su brazo derecho, dibujando un adiós muy tímido en la densa masa de aire que lo rodea. En el fondo, aún quiere a su mamá.

Dos vidas, dos realidades, dos destinos distintos. Por un lado: mujer, adulta, unos treinta y cinco años, complexión delgada, diábolo. Hace tiempo que se separó de su marido. Se considera una mujer independiente, trabajadora; valiente, ligeramente romántica; capaz de cuidar de su hijo y orgullosa de la educación que le ha proporcionado. Por otro, Raúl, alias Filete, varón, adolescente, cuerpo atlético; buen estudiante y deportista; ligero acné incipiente, nada grave. Depende de sus padres pero están bien situados; ambos profesionales valorados en su trabajo, buenos sueldos.

Mujer adulta ha encontrado en Raúl un apoyo, un motivo. Raúl, aunque le cueste reconocerlo, admira a su madre. Buena pareja, sí señor; mejor ahora, que no están juntos. Raúl podrá dedicarse a saltar vallas y a aprender; mientras, su madre, reclinada en sofá de color crema, releerá algún pasaje de Milán Kundera.

La música logra que las paredes de los cráneos reunidos en la sala retumben. Esta sensación, que en caso de estar solo podría resultar perjudicial, es apenas imperceptible para los jóvenes, que la aprovechan para embrutecer su razón y desintimidarse ante la posibilidad de resultar lapidados por la vergüenza. El azúcar y la sal también cumplen su función; si no fuera porque las fiestas entre adolescentes suelen presentar este cariz, el turista inexperto, al contemplar el fenómeno, pensaría que son seres representando una especie de ritual, el cual aderezan con las sustancias que el entorno les facilita. Éstos se reúnen, se agrupan, conversan; la mayoría lucha por mantener su posición pero siempre hay algún caso que destaca frente a los otros miembros. Este no es el caso de Filete. Filete es muy mono y un sol, pero no destaca. Además, la necesidad y vanidad del entorno de Filete ha conseguido envilecer su rostro. De "joven ejemplo" a pasado a un segundo plano, y Filete, temeroso, renquea. A dos metros se encuentra Bea. Hace unos años, Bea sentía atracción por Raúl - aún no era Filete -. En unas vacaciones, Bea conoció a José Luis. José Luis, cinco años mayor, de una manera u otra, soportaba las impertinencias de Bea. Cierto que el primer año Bea se mostraba infantil. Aún impúber, Bea reconoció lo que, según sus primeras impresiones, debía de ser el amor. Filete únicamente se había dedicado a practicar deporte y a estudiar; en cierto modo, su idea sobre Bea lo amedrentaba. El observador habría percibido una gran diferencia ente los sujetos Filete y Bea, aunque pertenecieran a la misma clase.

"¿Cómo le irá Raúl?" El pensamiento, como una corriente de aire frío, desvía la atención de la madre. Suena el teléfono; es el padre de Raúl. Discuten sobre la custodia, se gritan, llevan poco tiempo divorciados y las cosas están un poco tensas. Cuando termina la conversación, el teléfono cae sobre la alfombra. Las manos no pueden contener las lágrimas de la mujer que no puede evitar arañarse la frente con una de sus uñas. "¿Cuándo va a terminar esto?" Esa pregunta la efectúan a la vez madre e hijo, aunque con propósitos bien distintos. Bea conversa con Llanes, el ligón del cole. Llanes, cuyo nombre nadie recuerda, es un crápula, capaz de cualquier cosa por llevar a una chica al sofá. Llanes sólo piensa en sí mismo y en su puro placer; Llanes no conversa, Llanes únicamente finge. ¿Por qué con Llanes, por qué precisamente con Llanes? Filete es consciente de que tiene poco que hacer frente a tal institución de la seducción. Llanes sabe mover las fichas, Filete, el hombre, sólo ve cómo las ordena. "Te toco aquí, me río así; tú te acaricias el pelo, así, muy bien;ahora te ríes de esta manera..." Filete contempla la escena como si de una tuneladora se tratara, una labor perfectamente estudiada y supervisada. Filete percibe lo predecible y aburrido que puede llegar a ser el flirteo. A su vez, es consciente de que Llanes únicamente actúa de forma sistemática, mecánica; sabe que a él la seducción no es más que una labor tediosa que, bien ejecutada, otorgará sus frutos. En cierto modo, Llanes no es más que un señorito que espera a la sombra tomando un fino las horas menos calurosas del día para acudir a los olivos, saludar a la cuadrilla y maravillarse de lo magníficos que resultan los olivos que él y otros como él explotan sin prestar atención alguna a la belleza que proyectan. "Pobres", piensa Filete, aunque no puede evitar envidiar el método. Lo eterno, sin duda, no cabe en un frasco de cristal.

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